Entrevista a Javier Alandes, autor de “Los guardianes del Prado” (Espasa)

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Una entretenida y emocionante novela sobre la fascinante historia del traslado a Valencia de las obras maestras del Prado durante la Guerra Civil.

Entrevista: Susana Alfonso / Fotos: ©Hugo G Pecellín

 

Traslado de las obras maestras del Museo del Prado a Valencia durante la Guerra Civil. ¿Cómo te surge el interés por esta historia?

Como valenciano, y enamorado de mi ciudad, tengo apuntados hechos y datos históricos curiosos que han ocurrido en ella. Y el traslado y estancia en Valencia de los cuadros del Prado era uno de ellos. Pasear por las torres de Serranos o por la iglesia del Patriarca y saber que grandes obras maestras de la pintura se almacenaron allí hizo que siempre quisiera escribir una historia sobre ello.

¿Qué te hizo convertir este hecho histórico en una historia de intriga con tintes de thriller?

Yo no soy historiador, ni deseo ser un intruso entre los profesionales de la historia. Si yo escribiera un ensayo sobre ese hecho histórico, no aportaría nada nuevo. Pero como novelista, y amante de las novelas de aventuras, sí podía escribir una historia que combinara realidad con ficción para poder ofrecer a los lectores un mayor conocimiento sobre este hecho histórico, pero también emoción, emocionalidad y buenos ratos de lectura.

Combinas hechos y personajes reales con ficción. ¿El lector va a saber encontrar el linde entre ambas? ¿Te ha resultado difícil entrelazarlas?

Hallar la línea entre realidad y ficción va a depender del conocimiento previo que se tenga sobre ese tema. Pero creo que no es lo más importante. Yo jamás he aprendido más sobre el Siglo de Oro español que con las novelas del Capitán Alatriste. Y no me preocupaba la línea entre la ficción y la realidad. Disfruto con las aventuras y aprendo con el contexto.

Hilar realidad con ficción me ha resultado muy complejo, porque en ningún momento trato de tergiversar esa realidad. Las cosas ocurrieron como ocurrieron, y mi deseo no es crear una ucronía, sino enlazar esa parte de ficción sin que afecte a lo que verdaderamente ocurrió.

¿Cómo has unido la acción que transcurre en la Guerra Civil con la otra más reciente en 1980 y 1981?

Creo que el verdadero análisis de la historia se realiza muchos años después de que los hechos hayan ocurrido. En la trama de 1980-1981, un periodista descubrirá ese complot para intentar robar Las Meninas en 1937. Y esa distancia temporal es la que sirve para reflexionar sobre el impacto de la Guerra Civil en cada uno de los protagonistas.

Pero ese periodista, Fernando Poveda, vivirá de cerca el golpe de Estado del 23F, y sí quería enlazar ese otro acontecimiento histórico con el alzamiento militar del 36. Porque ambos hechos, aunque estén separados por 45 años, son muy cercanos ideológicamente. No se puede explicar uno sin el otro.

 

«Me he encontrado con una ingente cantidad de información que he tenido que saber gestionar».

 

¿Te ha costado mucho el proceso de documentación? 

He tenido un problema poco habitual: en vez de tener que rebuscar la información porque sea escasa, me he encontrado con una ingente cantidad que he tenido que saber gestionar. Estos hechos ocurren en el siglo XX y están ampliamente documentados, y tenía que coger solo aquello que realmente aportara a la novela. Ha sido un enorme trabajo de estudio y filtrado.

¿En qué medida pesa la documentación a la hora de crear la ficción?

El peso de la documentación es total, es la base. Primero, porque la parte real tiene que ser absolutamente fidedigna y fiel a lo que ocurrió. Y, segundo, porque la parte de ficción tiene que ser verosímil. Y solo lo es si encaja con los hechos reales. Una buena fase de documentación es clave en una novela como Los guardianes del Prado.

¿No es temerario ofrecer explicaciones alternativas a hechos históricos alejándose de la versión oficial?

Como comentaba, he sido completamente fiel a los datos reales. Y las explicaciones alternativas vienen de hechos que, hoy en día, todavía no tienen explicación, como el «misterio del tesoro del Vita».

Pero, aunque no ha sido mi caso, sí que conocemos obras que se alejan de las versiones oficiales o que incluso cambian la historia de manera radical, y no por ello lo consideramos temerario. Es solo una forma de ver las cosas.

Tarantino, por ejemplo, ha matado a Hitler en Malditos Bastardos y ha salvado a Sharon Tate en Érase una vez en Hollywood, y no por ello lo hemos juzgado.

Háblanos del enigma de la misteriosa desaparición del tesoro republicano del Vita. ¿Qué relevancia tiene en la novela?

Junto con los cuadros del museo del Prado, a Valencia vino otro Patrimonio Nacional de valor incalculable: la colección numismática del Museo Arqueológico Nacional. Monedas romanas, árabes, visigodas, reliquias precolombinas… una de las mayores colecciones del mundo.

Cuando el Gobierno, en octubre de 1937 abandona Valencia, se lleva cuadros y monedas. Meses después, cuadros y monedas toman rumbos distintos: los cuadros acaban en Ginebra, en la sede de la Sociedad de Naciones; las monedas llegan al puerto francés de Le Havre, donde el Gobierno republicano ha fletado un barco, el Vita, que llevará esas monedas hasta México. Allí serán custodiadas por un grupo de políticos republicanos exiliados.

De esas monedas jamás se supo. El Gobierno afirma que las embarcó, y desde México se asegura que nunca llegaron. Lo dicho, un misterio.

«Esta no es una novela de bandos, no hay bando bueno o bando malo. Es una novela de personajes, independientemente de sus filias o sus fobias».

 

«Hilar realidad con ficción me ha resultado muy complejo, porque en ningún momento trato de tergiversar esa realidad».

 

¿Podríamos decir que Valencia, capital de la República, se convierte en otro personaje más en tu novela?

Valencia es un escenario clave en la novela, pero también en la propia historia. Junto con el Gobierno llegan ministerios, direcciones generales y cientos de funcionarios. Y la vida en la ciudad cambia: a nivel cultural, social, intelectual. El país está en guerra, pero esa guerra está alejada de Valencia, y restaurantes, tabernas, teatros y hoteles, tienen un periodo de bonanza. Valencia es incluso una ciudad más cosmopolita de lo que era antes de la llegada del Gobierno. Y personajes como Hemingway están durante esos meses en la ciudad.

¿Cómo definirías a tus personajes?

Esta no es una novela de bandos, no hay bando bueno o bando malo. Es una novela de personajes, independientemente de sus filias o sus fobias. Nos encontraremos con personajes que, por su ambición de poder o dinero, serán capaces de querer ofrecer los cuadros del Prado al Gobierno nazi, y otros personajes que, desde sus humildes puestos, serán los únicos que se darán cuenta de lo que está ocurriendo y de las consecuencias de ello, y tratarán de hacer lo correcto aunque pongan su vida en juego.

Los lectores disfrutarán amando a unos y odiando a otros. Y verán como alguno de los que odian lo acaban amando, y viceversa.

¿A qué le das más importancia: a los hechos históricos, a los personajes o a la imaginación a la hora de crear la historia?

Las tres cosas son muy importantes, vitales. No puedo dar más importancia a una que a otra. Pero a la hora de preparar esta novela sí que tuve muy en cuenta el orden en el que colocar esos tres aspectos.
Primero, el hecho histórico. A mí me atrae muchísimo toda novela que se produzca en un periodo o hecho histórico que me resulte interesante. Ubicar la trama durante el periodo en que Valencia fue capital de la República y los cuadros estuvieron aquí era vital.

Lo segundo, la trama de la historia. Ya tenemos los cuadros en Valencia, ¿por qué no imaginamos un intento de robo de Las Meninas? A mí me cuentan eso, y ya me han ganado como lector.

Y, por último, pero igual de importante que los otros dos aspectos, los personajes: ¿quién quiere robar el cuadro?, ¿por qué?, ¿y quién va a intentar evitarlo?

 

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