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La sugerente novela «El corazón tiene memoria se atreve a habitar ese territorio donde ciencia y espiritualidad no se enfrentan, sino que se abrazan».
Entrevista: Susana Alfonso
-¿Cómo te surgió esta historia?
La semilla de esta novela surgió en un viaje a Egipto. Una de las cosas que más me impactó de ese viaje fue entender que, para los antiguos egipcios, no había una línea que dividiera el conocimiento racional del espiritual. Su sabiduría era circular, no fragmentada como la nuestra.
Cuando observaban el movimiento de las estrellas, no solo hacían astronomía, también estaban leyendo señales divinas. Cuando construían un templo, no solo aplicaban geometría y matemáticas, estaban creando un espacio de conexión entre el cielo y la tierra. En el Antiguo Egipto, cuando alguien enfermaba, no se trataba solo de curar el cuerpo. Se sanaba también la energía, el alma. La medicina era inseparable del espíritu. Por ejemplo, los sacerdotes sanadores del templo de Kom Ombo no solo recetaban hierbas o prácticas físicas, también realizaban limpiezas energéticas.
Y eso me dejó una pregunta dando vueltas: ¿Qué pasó con esa sabiduría? ¿Cómo nos desconectamos tanto?
Fue entonces cuando entendí que lo que hoy la ciencia empieza a llamar «memoria celular», ellos ya lo intuían de otra forma: que cada parte del cuerpo podía recordar, sentir y guardar huellas más allá de lo visible.
Y ahí nació la historia de Judith, y su corazón que no solo late… también recuerda.
«Las células, particularmente las del corazón, podrían almacenar información emocional y energética».
-¿Es posible la «memoria celular»? ¿Has hecho algún tipo de investigación al respecto o ha habido trabajo de documentación?
En España, el doctor José María Caralps Riera, que fue el primer cirujano en realizar un trasplante de corazón en España, en 1984, relata como algunos pacientes, tras recibir un nuevo corazón, comenzaron a tener sueños, gustos o emociones que no reconocían como propias. Y se hace eco de la teoría de la memoria celular que defiende la hipótesis de que las células, particularmente las del corazón, podrían almacenar información emocional y energética, funcionando como una especie de «memoria extracerebral».
Él mismo lo reconoce como una teoría controvertida. Pero recuerda que también lo fue, en su momento, aceptar que una persona puede considerarse clínicamente muerta, aunque su corazón siga latiendo y que, por lo tanto, su corazón podía ser trasplantado a otra persona. El doctor recuerda que cuando realizaron el primer trasplante de corazón en España nadie llamó para felicitarles. Las grandes ideas siempre incomodan al principio, y el trasplante de corazón, por ejemplo, suscitó un gran debate médico y ético en su momento.
En esta novela he convertido al Dr. Caralps en un personaje clave, que defiende esas teorías incipientes o alternativas, como él mismo dice en un momento de la novela. Él lo explica: el corazón tiene 40.000 neuronas y eso lo convierte en algo más que un órgano que bombea sangre.
-¿Qué temas destacarías de la novela?
Uno de los temas importantes es lo difícil que puede ser para un profesional de la salud mental salirse del protocolo clínico y conectar humanamente con el paciente. Alba, la psiquiatra, representa a alguien que intenta ir más allá del diagnóstico y la medicación.
Judith, la protagonista, lucha contra la ansiedad, el estrés postraumático y una posible desconexión con su cuerpo tras el trasplante. La novela visibiliza cómo afecta una enfermedad grave a una persona joven, su entorno familiar y emocional. La novela también trata ese duelo de identidad tras una experiencia límite. Hoy en día hablamos mucho más de salud mental. Pero a menudo, el abordaje sigue siendo excesivamente médico. Hay personas que reciben un diagnóstico, una pastilla, y poco espacio para explorar qué hay detrás de su dolor o su vacío. De ahí el crecimiento de couches, facilitadores de constelaciones familiares hasta expertos en biodescodificación o terapias somáticas ofreciendo algo que muchas veces falta: un espacio de escucha, de vínculo emocional, de exploración interior. No todo se puede explicar desde la química cerebral. A veces lo que alguien necesita no es una definición médica, sino entender por qué algo le afecta tanto, por qué repite patrones, por qué hay heridas que siguen abiertas.
«Cuando somos capaces de escuchar lo que nuestro corazón nos quiere decir, encontramos el camino de vuelta a nuestra esencia».
-¿Qué son los registros akáshicos?
Con los registros akáshicos quise traer a esta novela el mundo y la filosofía de los antiguos egipcios. Para ellos la muerte no era un final, sino una transición hacia otra forma de existencia.
Son muchas las culturas y tradiciones que creen que después de la muerte nuestra alma sigue su camino, y los registros akhásicos se presentan como un vínculo espiritual, una especie de archivo universal donde se guarda toda la información de cada alma, sus vidas pasadas, pensamientos, emociones y eventos de la historia del universo.
Representan ese concepto de que el alma nunca muere.
«Detrás de cada comportamiento manipulador, detrás de cada relación teñida de dependencia, lo que suele haber es una herida no reconocida o un vacío no atendido».
-¿Dónde dirías que reside nuestra identidad? ¿Se puede trastocar cuando se frustra nuestra verdadera vocación?
Hoy en día tenemos claro que la identidad no es un constructo fijo, sino algo dinámico. Se moldea con la memoria, con las emociones, con los pensamientos que tenemos, dependiendo de dónde ponemos el foco de nuestra atención o con las decisiones que tomamos y también con las que evitamos.
Además de escribir, soy directora de recursos humanos de una empresa y siempre digo que las personas somos un resumen de lo que hacemos, de lo que pensamos, de lo que sentimos y también de lo que nos gustaría hacer, ser y sentir. Por eso, en cierto modo, nuestra identidad está siempre en construcción, porque también se nutre de lo que deseamos.
Cuando empecé a escribir, me di cuenta en primera persona de esa evolución o giros de nuestra identidad y, sobre todo, de que la parte más esencial siempre está ahí, esperando a ser rescatada. No creo que nuestra identidad se trastoque cuando se frustra nuestra vocación, solo que dejamos que los miedos, o los mandatos familiares o sociales, o las heridas entierren el pulso de lo auténtico. Pero esa voz, la de la vocación sigue ahí, esperando ser recordada o retomada.
Creo que es lo que me pasó a mí. Siempre quise escribir, pero he hecho muchas otras cosas antes de llegar aquí: he creado empresas, he sido directiva… Sin embargo, cuando somos capaces de escuchar lo que nuestro corazón nos quiere decir, encontramos el camino de vuelta a nuestra esencia.
-Desarrollas personajes conflictivos: manipuladores y dependientes en cuanto al amor. ¿Qué te interesaba transmitir con ellos?
Creo ese tipo de personajes no para que sean juzgados, sino entendidos. Cada uno tiene una historia detrás, una razón, a menudo inconsciente, para actuar como actúa. Detrás de cada comportamiento manipulador, detrás de cada relación teñida de dependencia, lo que suele haber es una herida no reconocida o un vacío no atendido.
Eso es lo que me interesa mostrar: lo que no se ve, lo que se esconde detrás de las apariencias, de los mecanismos de defensa, de las máscaras que usamos para no mostrar nuestra vulnerabilidad. La vida no siempre ocurre como la soñamos. Hay giros, decepciones, pérdidas, y esas experiencias pueden desviarnos de nuestra esencia y dejarnos marcados emocionalmente. Ahí, en ese punto de fractura, es donde nacen muchos de estos personajes.
Para llegar a abrazar el amor incondicional es necesario curar y sanar esas heridas, si no lo único que logramos es hacerlas más profundas o hacer daño a los demás.
-¿Planteas la fusión entre lo racional y lo espiritual como algo inherente en el ser humano? ¿Se debería considerar lo espiritual cuando la ciencia no puede dar más respuestas?
Sí, absolutamente. No solo creo que esa fusión es posible, sino que es inherente a nuestra naturaleza más profunda. El ser humano no es solo mente y cuerpo. Es mente y alma, cuerpo y energía, razón y misterio.
Vivimos en un momento del pensamiento marcado por el predominio de la razón instrumental, lo que podríamos llamar la herencia del pensamiento ilustrado y positivista. Hemos atravesado siglos donde lo importante era medir, demostrar, aislar variables, observar desde afuera. Y gracias a eso hemos logrado avances asombrosos. Pero también nos hemos alejado de ese conocimiento integral que tenían los antiguos, como los egipcios.
Los avances científicos más recientes cada vez se aproximan más a esa visión integral: la física cuántica ya no puede ignorar al observador; la medicina reconoce cada vez más el impacto de las emociones en la salud; la neurociencia habla de plasticidad, de consciencia como campo.
En este contexto, lo espiritual no es una «última opción» cuando la ciencia se detiene. Es un lenguaje paralelo, complementario. No rivaliza con la razón, la expande.
El corazón tiene memoria se atreve a habitar ese territorio donde ciencia y espiritualidad no se enfrentan, sino que se abrazan.
Porque los personajes, como muchos de nosotros, habitan esa frontera: la de querer comprender lo que les pasa, pero también sentirlo con el corazón; la de buscar respuestas racionales, pero intuir que hay cosas que no se explican solo con la mente.
-¿La narrativa cinematográfica es intencionada? ¿Trama viable para llevarse al cine o la televisión? ¿Alguna propuesta?
Absolutamente. Mi intención es que mis novelas sean visuales y sensoriales. Cuando escribo, no solo pienso en lo que el lector va a entender, sino en lo que va a ver, escuchar y sentir junto a los personajes. Para mí, la literatura de hoy debe dialogar con el lenguaje audiovisual que forma parte de nuestra cultura cotidiana. Por eso mi estilo es casi cinematográfico: cada escena está pensada como si fuera un plano, cada emoción como una vibración que se puede percibir más allá de las palabras.
Por supuesto, que me encantaría que esta historia encontrara el camino hacia la pantalla. El corazón tiene memoria nació con una estructura que perfectamente podría trasladarse al cine o a una serie. Tiene todos los ingredientes: una trama con tensión emocional, unos personajes que dejan huella por su complejidad y su humanidad a partes iguales, giros, un misterio profundo, y una dimensión espiritual y simbólica que toca algo universal.
Si pudiera, yo haría una miniserie de seis u ocho capítulos con un tratamiento visual íntimo, pero cargado de simbolismo. Algo en la línea de El sexto sentido: donde lo esencial no siempre está en lo que se muestra, sino en lo que late por debajo.
-Mezclas drama psicológico, suspense e incluso elementos paranormales. ¿Crees que hoy en día se mezclan más los géneros que antes?
Es lo que me gusta hacer a mí. Me atrae quedarme con lo mejor de cada género: la profundidad emocional del drama psicológico, la tensión del suspense y ese toque de misterio o sensibilidad extrasensorial que abre la puerta a lo invisible. No lo pienso como una mezcla forzada, sino como una experiencia integral, una manera de ofrecer al lector no solo entretenimiento, sino un espacio más amplio para sentir, reflexionar y, a veces, para tocar partes más íntimas y profundas de cada uno.
Me encanta cuando los lectores empiezan a hablarme de algún aspecto o personaje de la novela. Cuando lo que han leído, además de entretenerles, les ha hecho cuestionarse cosas o despertar sus propias historias. Me han contado cantidad de casos de personas trasplantadas que han cambiado gustos, me han explicado sueños o intuiciones que luego se han materializado. Y creo que eso se consigue cuando escribes no desde la fórmula de un género en concreto, sino desde el alma.
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